ANÁLISIS DEL LIDERAZGO DEL EQUIPO DESDE LA “TEORÍA DEL REVÉS”
Hay selecciones que impresionan. Y hay selecciones que, además de impresionar, conectan. Esta España hace las dos cosas, pero lo más interesante es que conecta con el público general por una razón que va mucho más allá del fútbol: sus jugadores parecen más humanos, más cercanos, más verdaderos. Y eso explica buena parte de su magnetismo.
Aunque su magnetismo está también en la forma en la que afrontan los retos. ¿Por qué esta Selección parece preparada para manejar la presión mejor que muchas otras? Porque, en gran medida, la presión ha sido parte de la vida de las trayectorias individuales de sus jugadores. Y no hablo de una presión abstracta, sino una presión real, concreta, biográfica. Muchos de sus jugadores han crecido en entornos donde la exigencia no era una excepción, sino el clima habitual. Han tenido que aprender pronto a sostener la incertidumbre, a convivir con la dificultad, a transformar el golpe en impulso. Y eso, en una final, cuenta.
No todas las personas que han estado sometidas a entornos difíciles gestionan de igual forma una situación de dolor. A algunas este dolor las bloquea. A otras, las endurece. Y a unas pocas -que son las más capaces de gestionarlo-, les da una forma especial de mirar el mundo, de relacionarse con los demás y de responder en situaciones límite. Por eso, la adversidad no define por sí sola el destino, pero sí puede reorganizar la personalidad. Puede generar ansiedad o puede producir fortaleza. Puede cerrar una vida o abrirla. Puede paralizar o puede impulsar. Y a los jugadores de esta Selección que han vivido una infancia o una situación familiar difícil, claramente, los ha impulsado. Y esto también termina por aportarse al equipo, engrandeciéndolo.

Creo que el seleccionador Luis de la Fuente ha sabido leer esta situación de forma excepcional. No ha construido un equipo solo con futbolistas talentosos. Ha construido un grupo con una fuerte base emocional, con jugadores capaces de integrarse en una idea común, de sostener el esfuerzo y de convivir con la exigencia sin romperse. Y eso no es casual. Es liderazgo auténtico. Es saber que un equipo no se arma solo con técnica, sino con temperamento, con verdad y con una cultura de confianza.
Además, de la Fuente ha insistido en una idea que es central para entender este proyecto: la bondad compartida. Quiere un grupo donde todos sean importantes, donde no exista ese ego que rompe la potencia y consistencia de un equipo. No se trata de sentimentalismo, ni de buenismo, sino todo lo contrario: es una forma eficiente de construir cohesión. Porque un vestuario funciona mejor cuando el respeto no es una pose y cuando la convivencia no es una negociación permanente de egos (algo que sí ocurrió con selecciones anteriores a la actual). Esta selección de España ha encontrado ahí una ventaja enorme. “Priorizas la persona, el ser humano, la bondad”, relata de la Fuente. Y aquí está uno de los pilares de su proyecto, en el que no cualquier futbolista hubiera encajado.
Son los mejores jugadores en el mejor modelo: el de la bondad. El de pelear por una causa común, dejando su individualidad para pertenecer a un propósito compartido. Es fácil decirlo, no tanto hacerlo. Lo han hecho. Ahí están los resultados. Los resultados de un seleccionador que entendió que no hay que apartar las emociones para conseguir resultados brillantes porque, lejos de hacerte más débil, consolidan tu talento. La forma de juego del equipo, su compenetración, su solidez, su constancia y regularidad son una muestra evidente de ello. Luis de la Fuente, además, comunica esas emociones sin temor a ser tachado como “débil”. En una rueda de prensa, recuerda con nostalgia en la mirada y voz entrecortada a sus padres fallecidos y a su hermano Óscar -al que perdió hace tres años- y manifiesta al periodista que esa pregunta le ha tocado el corazón. Lo dice con sencillez, naturalidad y firmeza. Lo dice, lo admite y se hace fuerte en esas palabras. Esto, justamente, es lo que le hace confiable.

El “código de la Fuente” es muy interesante para replicarlo en otros ámbitos. Porque, además, este seleccionador conoce otras realidades, con otros resultados. El último club que dirigió fue el Deportivo Alavés, en el año 2011, haciéndose cargo del primer equipo para la temporada 2011-2012 en la Segunda División B. Un reto muy especial para él, ya que había sido el club donde se había retirado como futbolista. Sin embargo, solo duró cinco partidos. La directiva prescindió de él a los cuatro meses. Luis de la Fuente no utilizó esta realidad para hundirse, sino para aprender y proyectar su nuevo camino. Dos años después de esta experiencia en el Alavés, se incorporó a la Real Federación Española de Fútbol, como técnico de las categorías inferiores. Pasó por la Sub 19, la Sub 21, la Sub 23 y en 2020, tras el Mundial de Qatar, se hizo cargo de la Selección Española. Desde entonces, ha ganado una Nations League, una Eurocopa y ahora es finalista de una Copa del Mundo. Aprendizaje, resiliencia y autenticidad. Este es el “código de la Fuente”.
Un código donde la ventaja está en la humanidad. Se cree en los jugadores, se saca lo mejor de ellos y se les da la posibilidad de triunfar en un proyecto compartido. Se les otorga el valor de contribuir a un proyecto común desde la humildad, el talento y la pasión. Eso representa la Selección Española. Por eso, conecta tanto con el público, porque no parece un grupo de figuras lejanas, sino un grupo de personas reconocibles, con historias de vida que explican su manera de estar en el mundo. Por ejemplo, Lamine Yamal representa el esfuerzo de una familia que se abrió camino con sacrificio y con una apuesta radical por el futuro desde un presente realmente complicado desde el punto de vista económico y social. Su historia no es solo la de un talento precoz; es la de una familia que sostuvo desde la periferia una posibilidad que hoy se ha convertido en realidad. Y eso deja una marca emocional muy fuerte: humildad, conciencia y sentido de pertenencia. En distintas entrevistas, Lamine Yamal cuenta que su madre –Sheila Ebana– le tuvo con 16 años y “eso sí que es presión”, visibilizando el trabajo y el sacrificio inmenso -tantas veces invisible- de una madre.

Nico Williams encarna una línea muy parecida. Su historia familiar está atravesada por la migración, por la renuncia y por la tremenda valentía y resistencia de su madre, María Arthuer. Esa biografía no es un adorno narrativo: es una escuela de carácter. Cuando uno crece viendo que el esfuerzo no es una consigna vacía, sino una forma real de sobrevivir y avanzar, la relación con la presión cambia. Ya no se vive como amenaza absoluta. Se vive como parte del camino. “Yo corro rápido, pero no tan rápido como mi madre. Ella escapó de la muerte y cruzó el Sáhara desde Ghana hasta España”, revela Williams. Y eso le marcó, claro. Le hizo comprender la realidad y distinguir qué es lo verdaderamente importante para luego aplicarlo al campo de juego. Y a la vida.

Fabián Ruiz añade otra dimensión especialmente poderosa. La historia de su madre, limpiando vestuarios y sosteniendo la vida desde la invisibilidad, es una de las imágenes más claras de lo que significa el sacrificio silencioso. Ahí hay una enseñanza enorme: lo que se ve en el éxito muchas veces descansa sobre trabajos que nadie fotografía. Fabián lleva eso en la mirada, en la serenidad, en la forma de competir sin estridencia. Y esa serenidad no es indiferencia, sino madurez. Cuando Fabián Ruiz tenía 12 años, sus padres se separaron y su madre, Chari Peña, se quedó sola al frente de sus tres hijos. Para que el mediocampista no abandonara el fútbol, el Real Betis ofreció a su madre trabajo en la lavandería y en la limpieza de los vestuarios de su ciudad deportiva. Durante años entró a trabajar a las 7 de la mañana, dejaba a Fabián dormido en el carro hasta la hora del entrenamiento y luego regresaba para despertarlo y llevarlo a la cancha. Aquella decisión terminó siendo una de las mejores apuestas del club. Chari trabajó 14 años en el Betis mientras veía crecer a su hijo en la cantera. En el año 2018, el Napoli pagó 30 millones de euros por Fabián Ruiz, convirtiéndolo en la venta más cara de la historia del club sevillano en ese momento. Increíble experiencia de vida, protagonizada por una madre, otra vez.

Pedro Porro también encaja con fuerza en esta línea. Su infancia marcada por las dificultades económicas y el papel decisivo de sus abuelos hablan de algo que suele dejar una huella muy profunda: el amor que sostiene cuando faltan las condiciones ideales. La crianza en contextos de escasez y cuidado intergeneracional genera un vínculo muy fuerte con la lealtad, con la memoria y con la necesidad de no olvidar el origen. Pedro Porro lo primero que hace al finalizar un partido es llamar a su abuelo -que le crio- y que no ha podido viajar al mundial por motivos de salud. Cuando Pedro Porro habla de sus abuelos, sale toda la humildad con la que ha crecido, reconociendo que vivió con mucha dificultad, pero con todo el cariño. Y ese mensaje se queda grabado en quien lo escucha, conectando con él de forma inmediata, exactamente igual que la conexión que Porro tiene con sus compañeros de equipo. De este sacrificio inmenso de llegar a lo más alto desde lo más bajo nace esa concentración para marcar goles decisivos en este mundial. Como el que marcó Pedro Porro en el partido de España contra Francia. “En el gol te empujé yo para dentro de la portería” -contaba emocionado y orgulloso su abuelo, Antonio Sauceda-. Estos valores se convierten en mentalidad, para siempre.

Marc Cucurella introduce una de las dimensiones más conmovedoras del grupo. Al hablar del autismo de su hijo Mateo, no está ofreciendo un relato decorativo, ni buscando solo identificación pública. Está mostrando una sensibilidad que humaniza y desarma. Hablar de la vulnerabilidad de un hijo con tanta honestidad dice mucho de una persona. Dice que la fortaleza no está en negar lo difícil, sino en acompañarlo con verdad. Dice que la empatía no es una pose, sino una consecuencia de la vida vivida. Hoy, utiliza su posición para visibilizar la discapacidad, concretamente los trastornos del espectro autista. Y lo hace con el mismo orgullo que se lleva por dentro a modo de fortaleza. Los reveses de la vida se pueden negar o te pueden impulsar. Cucurella es un ejemplo más de ello.

Hay otros jugadores que han hecho referencia, en distintas ocasiones, a una educación familiar muy sólida en valores como soporte decisivo para atravesar la presión del presente. Son Ferrán Torres, que sigue muy ligado a las raíces y a la educación recibida de sus padres, a la que atribuye parte de su estabilidad y de su capacidad para sostener el momento actual. La familia como ancla psicológica está presente en casos como el de Ferrán Torres, que ha tenido que afrontar otro tipo de presión: la psicológica. La del jugador que convive con la expectativa, con el juicio externo, con la necesidad de responder cuando todo alrededor aprieta. Esa presión también forma carácter. Y cuando se aprende a sostenerla, se convierte en una forma de fortaleza muy especial. No siempre visible. No siempre ruidosa. Pero sí muy real.

Gavi, por su parte, aporta la intensidad del origen humilde, la energía de quien juega con una mezcla de desparpajo y necesidad de afirmación, como si cada balón llevara dentro una pequeña lucha por seguir perteneciendo a algo que le importa de verdad. Eso también es fruto de una vida en la que la exigencia ha sido temprana.

Dani Olmo también traslada un mensaje clave: orden, disciplina, constancia y una relación madura con el esfuerzo. Su perfil completa muy bien el cuadro de una Selección que combina sensibilidad con estructura, emoción con cultura de trabajo, intensidad con equilibrio. Su madre, Dorita Carvajal, le acompañó en una etapa especialmente exigente cuando se marchó con él a Zagreb, mientras el resto de la familia permanecía en Terrassa, lo que refuerza la idea de una maduración temprana apoyada en un marco afectivo muy firme. Las madres aportando solidez. Cuando ocurre (no todo el mundo tiene esa suerte), es infalible para la construcción de la personalidad.

Todo esto se puede leer, justamente, desde la que denomino la “Teoría del revés”. La idea es sencilla y poderosa para entender cómo nace el liderazgo de algunas figuras: hay personas que nacen en contextos donde el dolor, la presión o la carencia podrían haberlas paralizado, pero consiguen darles la vuelta. No niegan la herida. No la romantizan. Tampoco se quedan atrapadas en ella. La elaboran, la integran y la convierten en motor de vida. Psicológicamente, esto conecta con el crecimiento postraumático, la resiliencia, la autoeficacia y la reconstrucción narrativa del yo. En términos simples: lo que pudo destruirles, les organiza; lo que pudo cerrarlos, les abre; lo que pudo romperlos, les da forma. La historia de estos jugadores están en esta «Teoría del revés». De ahí su éxito consistente.
Un revés que supone también saber qué significa estar en el banquillo. Lo sabe Borja Iglesias, que ha convertido ese banquillo, la suplencia y la espera en una posición con sentido propio. Porque no solo lidera quien sale al campo de juego, sino quien sabe sostener desde la retaguardia. Y qué importante es estar y apoyar desde aquí. Borja Iglesias, además, ha construido una imagen pública poco convencional para un futbolista. Ha sido muy claro en cuestiones de compromiso social, asumiendo una voz clara, crítica y reflexiva sobre cuestiones polémicas, a nivel deportivo (como la protagonizada por Luis Rubiales), político o social. “Hay que prepararse para aportar al equipo y también para estar fuera” (…) “En el fútbol no siempre se juega, pero siempre debemos estar preparados para estar disponibles…” (…) “Hay que jugar al fútbol desde el tipo de persona que somos” -este último mensaje de Borja Iglesias me parece crucial. De hecho, me encanta. La forma en la que «jugamos» en nuestra profesión revela el tipo de persona que somos. Sin duda.

Y remato esta selección de jugadores con Rodrigo que encarna madurez, calma competitiva y una idea de capitán muy poco teatral y muy eficaz. Un referente, vamos. Lo interesante de Rodri es que su liderazgo no nace de la exhibición sino del orden. Marca el ritmo, da estabilidad y hace equipo desde la serenidad. Rodrigo ha interiorizado la idea de que el pasado sirve para saber cuál es el camino. Su familia le inculcó el valor de la discreción y del servicio. Le enseñaron a afrontar la vida desde la templanza. Le influyó especialmente su abuelo, médico muy querido en La Bañeza, que le transmitió la idea de prestigio ganado con trabajo silencioso y entrega a los demás, desde la prudencia. Sus padres y su abuelo (del que se acuerda cuando mete un gol) le enseñaron a tener los pies de la tierra. Y de ahí no se mueve. Por eso, también, lidera con tanta autoridad moral. Y comunica con profundidad y concisión, algo que multiplica su capacidad de liderazgo. Le veo como futuro entrenador y como un gran seleccionador. Lo haría realmente bien.

Una idea de servicio muy compartida por Unai Simón, hijo de un guardia civil y una ertzaintza. Su entorno familiar le ha permitido asumir como prioritarios la discreción, la disciplina, la estabilidad emocional y el sentido del deber. De ahí nace la fiabilidad que Luis de la Fuente observa en él. Su formación moral le ha permitido convertir la exigencia en calma y la presión en confianza. Esa discreción, incluso, le ha llevado a decidir no tener redes sociales porque no le gustar ser reconocido cuando se va de vacaciones y quiere salvaguardar su intimidad familiar. No es buena o mala esta decisión por sí misma, pero sí define muy bien el grado de convicción sobre sus creencias. Su coherencia. Y para parar el balón hay que tener convicción.

Luis de la Fuente parece haber entendido perfectamente todo el potencial de sus jugadores. De hecho, ha construido una Selección donde la emoción no es un adorno, sino una estructura de cohesión. Ha reunido jugadores que no solo son compatibles con una idea táctica, sino con una idea humana del equipo. Una idea donde la bondad compartida no es ingenuidad, sino una forma muy seria de convivencia. Donde cada uno importa porque cada uno sostiene al conjunto. Donde el liderazgo no consiste en imponer, sino en integrar.
Y ahí aparece el corazón de este equipo: un liderazgo auténtico. No basado en la pose, sino en la credibilidad. No basado en la distancia, sino en la cercanía. No basado en la jefatura, sino en la autoridad moral. Esa es la diferencia entre un grupo de talento y un grupo con alma. La “Teoría del revés” está muy presente en la idea de equipo construida por Luis de la Fuente y en la realidad de equipo que han gestado los jugadores, creyendo firmemente en su seleccionador. Estoy hablando de cohesión grupal, inteligencia emocional, liderazgo transformacional y, en algunos casos, crecimiento postraumático. La adversidad, cuando se elabora bien, puede convertirse en una escuela de sensibilidad. Y la sensibilidad, lejos de debilitar, afina la fortaleza. La vuelve más estable, más humana y más eficaz. De ahí la emoción que desprende uno de los mayores espectáculos del mundo.
Así lo entienden los políticos, claro. Saben las emociones que desprende y lo arraigadas que están en la opinión pública. De hecho,el fútbol fabrica algo que la política desea con obsesión: pertenencia. Produce una emoción colectiva tan intensa que los líderes públicos quieren acercarse a ella, formar parte de ella, aparecer dentro de esa energía compartida. Una final mundial es también un gran escenario de legitimación simbólica. Estar cerca de ella no es solo protocolo; es comunicación. Es intentar capturar una emoción social que une a millones de personas. El fútbol, en su mejor versión, organiza comunidad. Y por eso también Donald Trump -y otros mandatarios mundiales, entre ellos, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez– quieren estar dentro de esa escena: entienden el valor político de una emoción capaz de producir adhesión colectiva. Una adhesión que es más fuerte cuanto más verdadera sea (por eso la política también necesita autenticidad).

La autenticidad es la que genera adherencia y consistencia. Y por eso esta selección española conecta tanto. Porque no solo compite. Representa. No solo juega. Integra. No solo intenta ganar. Intenta significar. Y eso, en un tiempo lleno de ruido, egos y discursos huecos, tiene un valor enorme.

Quizá por eso este equipo gusta más. Porque parece menos fabricado y más verdadero. Porque transmite una bondad compartida que no es ingenua, sino trabajada. Porque detrás de cada jugador hay una biografía que explica su manera de responder a la presión. Porque detrás del entrenador hay una visión clara de grupo. Porque detrás del juego hay memoria. Y porque, al final, lo que más conmueve no es ver a once futbolistas resistir la presión, sino ver cómo convierten la presión en carácter, el carácter en confianza y la confianza en una forma auténtica de liderazgo. Ese es su mayor mérito y un valor reputacional increíble para España. Hoy la Selección es la reputación de todo un país. Una «marca España» que verá una audiencia global esperada de 2.000 millones de espectadores. Casi nada. ¿Y qué verán? Pues a un equipo que no solo compite para ganar, sino para representar una forma de convivencia, una idea de país y una manera de entender la vida. Y, cuando eso ocurre, ya no estamos solo ante una selección de fútbol. Estamos ante una forma de pertenecer juntos a algo más grande que nosotros mismos. Una forma increíblemente poderosa de estar en el mundo. De ser.
¡Vamos, España! ¡Vamos, Selección! Hacedlo.